En Junio de 1.989, durante uno de mis primeros viajes a los Pirineos quedé sorprendido ante la visión de un pueblo abandonado junto al cauce del río Ara. Para mí no era algo habitual, y tal vez por ello se quedo marcado en mi memoria. He intentado en muchas ocasiones obtener algo más de información, pero desconociendo el nombre del pueblo la tarea no era fácil.
Veinte años mas tarde, en Junio de 2.009, repetía viaje por la misma zona y me extraña un grupo de casas deshabitadas al margen de la carretera. Decido hacer una visita y tomar unas cuantas fotos por sus calles vacías. El pueblo, ahora habitado por la vegetación, asoma ramas por puertas y ventanas. No acabo de entender el motivo que llevo a sus habitantes a abandonarlo, y todavía lo entiendo menos cuando veo la zona en que se asienta y las ricas tierras que lo rodean.
Continúo mi viaje y a menos de cuatro kilómetros, situado en un alto, existe otro grupo de casas abandonadas junto a su iglesia. Es sorprendente, no se que pensar, y mi cabeza trata de encontrar una explicación lógica sin conseguirlo. Un kilómetro más allá me encuentro de nuevo con aquel pueblo que veinte años antes me había sorprendido, y reconozco su curioso puente colgante atravesando el río Ara. Solo se me ocurre pensar que sus gentes salieron buscando una vida mejor en los pueblos donde el turismo de montaña se ha hecho fuerte.
Justo un año más tarde, en Junio de 2010, regreso de visita por la zona, pero esta vez me decido a visitar el pueblo cargado con mi cámara de fotos. Atravieso el puente colgante de madera, y en una de las primeras casas veo un cartel en el que aparece el nombre Jánovas. Ahora si tengo un punto de partida que me aclare el misterio de los pueblos abandonados.
Me interno por sus solitarias calles y me asomo por sus ventanas y puertas abiertas. El lluvioso invierno ha dado paso a una esplendorosa primavera, y el verde follaje asoma por todos los huecos del deshabitado pueblo. El rojo intenso de las amapolas cubre los campos que lo rodean. Las flores que aparecen por todos los rincones han atraído a innumerables abejas y su zumbido, en ocasiones se me antojan conversaciones que tienen lugar en el interior de las casas. No puedo evitar una cierta inquietud al escuchar ese murmullo.
De regreso a casa, tecleo la palabra Jánovas en el buscador de mi ordenador y la información comienza a fluir. ¡Increible! Esto no me lo esperaba. El lógico "ahora lo entiendo todo" no se produce y solo se me ocurre decir "no lo entiendo, ¿como se ha podido llegar a esta situación?, no lo entiendo, no entiendo nada".
Aquellos susurros que en su momento me atemorizaron ahora se con certeza que no eran las abejas, eran sus antiguos habitantes pidiendo justicia.
Del blog de Manuel Trujillo Berjes he seleccionado la siguiente información:
Jánovas, el nombre que se da en castellano a la localidad aragonesa de Ixanobas, era hasta hace 50 años un apacible y hermoso lugar, con una iglesia del siglo XVIII con hermosas pinturas, encastado en un lugar bucólico a la salida del un valle en el municipio sobrarbense de Fiscal.
Pero un día, algún técnico de los que utizan despachos con aire acondicionado en verano y con calefacción en invierno tuvo una brillantísima idea, la de construir en ese lugar un embalse más, para uso y disfrute de la empresa Iberduero, luego Iberdrola, perfectamente vinculada con la oligarquía franquista. Así, el estado le regaló a la empresa los derechos para construir un pantano en el lugar, aunque ello supusiera arruinar la vida de un buen puñado de familias y de paso una parte de nuestro patrimonio histórico, artístico y etnológico.
Los vecinos iniciaron una lucha para intentar salvar sus casas, sus campos, su iglesia, el cementerio donde están enterrados sus antepasados y todo lo que legítimamente es suyo. Pero ya se sabe, como dice la canción, que si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos, y está visto que los habitantes de Jánovas no nacieron precisamente para ser martillos sino para ser clavos. Así que entre amenazas y chantajes, les fijaron una misérrima indemnización por sus bienes y les obligaron, quieras que no, a firmar la venta de su propia vida.
Posiblemente algunos piensen que se trataba de uno más de los muchos desmanes de la dictadura, pero lo cierto es que en pleno gobierno socialista de Felipe González, en los años 1980, cuando algunas familias aún resistían las amenazas y los acosos viviendo en las casas que heredaron de sus mayores, se presentó la Guardia Civil para expulsarlos como a malhechores y se reventaron las casas con cartuchos de dinamita para que nadie pudiera volver. Esa es la triste historia de este pequeño y bucólico lugar, cuando a él llegó el progreso.
Pero luego, otros sesudos personajes de los despachos descubrieron que no era posible construir esa presa por la que tanto habían luchado y por la que habían expulsado a los janovenses de sus hogares y los habían destruido con dinamita. Así que la presa quedó sin hacer, con los vecinos expulsados y las casas arrasadas.
Las leyes españolas, que permiten la expropiación forzosa, dicen sin embargo que si el organismo en favor de quien se hizo la expropiación no ejecuta las obras en un cierto plazo, el expropiado puede solicitar la reversión de los bienes expropiados.
Y eso es lo que han hecho los descendientes, solicitar la devolución de sus bienes. Pues resulta que el procedimiento se ha iniciado y ahora la empresa Endesa, heredera de los derechos de los expropiadores, deja claro que los antiguos vecinos deberán pagar el precio actualizado tanto de las casas como de las tierras que les fueron expropiadas para construir el fallido embalse, algo que, sigue la noticia, según el director de generación hidráulica de Endesa, Agustín Meseger Altés, es "vital para eliminar cualquier tipo de especulación". Por supuesto, es vital, no vaya a ser que esos cuatro piojosos janovenses quieran encima hacer negocio con sus casas, que ya se sabe lo que pasa cuando a esos desgraciados les da por hacer negocios...
Ciertamente a uno le producen vergüenza ajena las palabras de este señor que cita textualmente el Heraldo de Aragón, pero allá él con su conciencia. Y más vergüenza me produce vivir en un país que permite que se expulse a las gentes de sus casas a punta de fusil, se les dinamiten sus casas y, más de 50 años después, se les exija un rescate para recuperar las ruinas, no vaya a ser que especulen. Aquí la única que ha especulado con la miseria de un pueblo es Endesa y sus antecesores, señor mío, los janovenses estaban muy felices en sus casas y sus campos trabajando y haciendo crecer sus cosechas y sus animales antes de que llegasen los especuladores y antes siquiera de que los janovenses supieran qué es un especulador. Me sonroja leer los compromisos de Endesa..., donde dicen que Desarrollo sostenible para ENDESA significa crecimiento, teniendo en cuenta la responsabilidad social en las sociedades en las que operamos, el empleo eficiente de los recursos, de forma que nuestro impacto en el medio ambiente sea aceptable, y la creación de riqueza para aquellos que en ella invierten, trabajan o sirven con nuestros servicios.
Lo que la más elemental justicia exige es que, en primer lugar, se reconstruyan una por una todas las casas del lugar, se las devuelva a sus dueños y se les pague una importante indemnización, muy importante, de esas que hagan que a nadie más se le pueda ocurrir repetir una salvajada como esta. Además, averiguar quiénes han intervenido en la expropiación y exigirles las responsabilidades legales a que haya lugar. Porque no es de recibo estas actuaciones en un país democrático. Y las responsabilidades abarcan en este caso a directores de las empresas, políticos, funcionarios y a todo aquél que haya estampado su firma en los documentos respectivos.
Es la única manera de que todos nosotros podamos dormir tranquilos en nuestras casas, sin temer que mañana nos expulsen a punta de fusil. Incluído el señor director de generación hidráulica de Endesa que tanto miedo parece tener a los especuladores (por lo menos a los de Jánovas).
El embalse de Jánovas en el Río Ara afectó a los pueblos de Jánovas, Lavelilla, Lacort y a quince pueblos de La Solana de Burgasé: Burgasé, Cájol, Cámpol, Castellar, Ceresuela, Gere, Ginuábel, Giral, Muro, Puyuelo, San Felices, San Martín, Sasé, Semolué y Villamana. También en la rivera del Ara fueron parcialmente despoblados Santa Olaria, Javierre y Ligüerre de Ara.
























